Capítulo 5. «Un Chef Chauen pasado por agua por favor»

Si las flores supieran hacer la «Danza del Sol» la hubieran hecho para que la lluvia les hubiese dado tregua en Chef Chauen. Aún les quedaban unos días y tenían la esperanza de ver un rayo de sol asomándose en algún momento.

Chauen es para perderse por sus calles azules. Aunque estaría mejor sin 6.000 turistas paseando por las estrechas calles azules, 3.000 de ellos chinos. “Aunque nosotras también somos turistas” piensan nuestras flores.

Plaza El Hauta

Ellas pasan la mayoría del tiempo en la tranquila plaza El Hauta, jugando al parchís con los lugareños mientras beben litros y litros de calentito té. Uno de los Mohammed les cuenta que él siempre ha vivido en la plaza de Uta el Hamman, la principal y más grande. Pero ya no puede permitirse pasar ahí el día debido a que los precios se han incrementado por el turismo, siendo inaccesible para los lugareños quienes no han visto incrementado su salario. Y la pérdida de tranquilidad, el movimiento no para en esa plaza. En cambio los marroquíes de fuera de Chauen piensan que éstos son ricos, les cuenta.

Una de las calles de Chauen

También les comenta que hace unos años encerraron en la cárcel a unos bereberes por cantar canciones protesta, pero que ya no está tan candente el tema. De hecho ahora hay canciones populares reivindicativas. “Como en España. Sólo que la situación es peor ahora” dicen pensando en el caso de Valtónyc.

Una de las calles de Chef Chauen

El bar de esa placita es el típico que no entrarías si no conoces a alguien. Lleno de hombres, hablando de sus cosas y que no sabes si te van a dar la bienvenida o no. Qué prejuicios tenemos. Ese lugar se convirtió como en el salón de su casa mientras estuvieron allí. Transmitían partidos de fútbol, hacía de filmoteca (uno de los días tocó “No es país para viejos”), y se jugaban campeonatos de parchís.

Ventana desde la casa con vistas a Chauen

Pasaron por la plaza Uta el Hamman. Llena de vida como sabían, la más turística, pero muy bonita y centro neurálgico de este lugar. Ahí los puestos de comida tienen wifi y el precio por supuesto es mayor. Pero merece la pena el desayuno bereber que sirven: pan, queso agrio, tostadas, tomate, huevos, té y zumo de naranja, por 2,5 euros. Y luego vete a comer…

A un lado de la plaza se levanta La Alcazaba, un castillo de finales del siglo XVII.
En esta plaza Buganvilla y Orquídea se resguardan varias veces en Aladín, un restaurante de varios pisos con vistas a la plaza y con calefacción. La primera vez que entraron para entrar en calor creyeron que les iba a costar una hoja cenar allí. Pero lejos de eso, los precios están muy bien, sólo por un poco más de dinares comían o cenaban aquí mientras leían en los sofás repletos de cojines. Por ejemplo, una pastela más bebida por 5 euros.

La Alcazaba de Chef Chauen (vista desde fuera de la muralla)

Justo al lado de este restaurante se encuentra una de las más bonitas tiendas que Buganvilla había visto nunca, La botica de la Abuela. Una tienda con todos los productos naturales: jabones, aceites, cremas, champú… de todos los olores y colores. Podían pasar horas en esta tienda, eso sí, con mucho cuidado dado que si fuera por ellas se llevarían todo.

Perfumes naturales de La Botica de la Abuela

 

Jabones naturales de La Botica de la Abuela

Todos los días se despiertan rezando para que no llueva, pero no es así “¿Vamos a jugar al parchís a la plaza?” pregunta Orquídea, “Vamos!” le contesta Buganvilla “pero antes voy a comprarme una chilaba porque estoy congelada”.

La Botica de la Abuela

La compra se convierte en dos chilabas, un jersey de lana y guantes. Chilabas, pero como les gusta! Hay de todos los colores, y regateando te puedes llevar una desde 10 a 20 euros, de las buenas.

Cambiar dinero no es difícil en Chauen, hay múltiples casas de cambio cerca de la plaza.

Uno de los días que vuelven a ir a al Hammam se encuentra al salir con un tímido rayo de sol. Tras saltar de alegría con lágrimas en los ojos deciden ir a ver el lavadero y subir a la ermita que hay a un lado del pueblo.

“Esto se ha hecho muy turístico” dice Orquídea “Hace pocos años cuando vine la primera vez podías estar en el lavadero tranquilamente, con las mujeres (no hombres, no vayan a arrugárseles las manos) lavando la ropa con el agua que viene del río”.

Ahora el lavadero es un paso de turistas con gente vendiendo turistadas a los lados. Aún así es bonito de ver. Y tomarse un batido de aguacate y un crepe de queso en el bar del final del paseo con vistas al río no es nada caro.

Lavadero de Chef Chauen

Subir a la ermita mientras les da el sol les parece un regalo. Es un paseo que sube por una ladera, pasando cerca de alguna casa y con algún que otro burro.
“Ojo con ese hombre” le dice Orquídea a Buganvilla “Nos ha echado el ojo y se está acercando. No le des coba, parece que te quiere ayudar a subir, te ayuda a hacerte fotos, etc. pero luego te va a pedir dinero”. Efectivamente, Buganvilla ve como algunos de estos “listillos” han enganchado a turistas a quienes no les ha servido de nada decir doscientas veces que “no necesitan ayuda”.

Las vistas desde la ermita son espectaculares. Ver la ciudad azul desde arriba es una estampa preciosa. Se asemeja a una postal en la que puedes sentir el viento, la temperatura, sonidos y olores.

Vistas de Chef Chauen desde la ermita

Ese día pueden disfrutar un poco del sol, incluso llegan a ponerse en manga corta! Y lavar algo de ropa que buena falta les hace.

Y así, con la alegría de haber podido disfrutar aunque fuera unas horas de Chef Chauen soleado, les toca volver a casa. Taxi a Tánger, avión a Madrid y coche a Valencia. Un largo camino les espera, pero que bien ha merecido la pena.

La fragancia de los perfumes naturales en el baño de su invernadero le hace recordar a Buganvilla esos momentos vividos. “Volveré Chauen, cielo en la tierra” piensa “aunque sea un fin de semana largo de tres días …. Un avión y un taxi y en unas horas me planto allí. Me debes verte estando seca y sin tiritar”.

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